Patrimonio Cultural

 

Un poco de historia

 

Cenedith Herrera Atehortúa
Candidato a Doctor en Historia e Historiador
Universidad Nacional de Colombia, Sede Medellín
Coordinador Área de Patrimonio Cultural
Casa de la Cultura de Caldas

 

[…] A riesgo de que se me llame difuso, voy a relatar cómo fue aquello; y al obrar así, no concurre en mí el deseo de cansaros, menos de haceros conocer la intensidad de mi estudio en este incidente […]. Es que pienso que este trabajo puede que sirva como derrotero de otros que sin duda con el tiempo, si no desde ahora habrán de surgir sobre el mismo asunto.

 

Carlos E. Vanegas, Tesorero de Rentas Municipales de Caldas en 1919, en su “Informe sobre la Instrucción Pública”

 

Atrás quedó el siglo XIX y las empresas que para muchos hoy en día, acostumbrados a las comodidades que nos brindan los avances tecnológicos y científicos de siglo XXI, pudieran parecer locuras. En ese siglo, que vio nacer la locomotora y el telégrafo, y que estuvo, además, impregnado de la consigna del progreso, nacerían nuevos pueblos, a causa del crecimiento demográfico que se había iniciado en los albores del siglo XVIII, a lo largo de toda la América hispánica. La movilidad espacial de estas poblaciones hizo que el alcance político de las autoridades coloniales, en términos de control y ordenamiento territorial, fuese más escaso de lo que había sido durante toda esta época, más aún en territorios poco poblados, como los que empezaban a surgir, casi de manera espontánea. Pero el siglo XIX también contribuyó a la movilidad espacial de la población gracias a un fenómeno de largo alcance, que se extendería hasta las puertas del siglo XX, las guerras civiles.

 

Ahora bien, cuarenta años después de haber iniciado el XIX y a sólo treinta de haber terminado los casi trescientos años de dominio español, surgiría, gracias a las razones que ya se han citado, el caserío de La Valeria, tres cuadras más abajo de donde hoy está el parque Santander, en el sector de Tres aguas. Dicho caserío no tenía más que unas pocas casas de bahareque y techo de paja; escaso de parroquia y de casa del cabildo alguna, anexo al Distrito de La Estrella, del que dependía desde 1635, época en la que se creó el Pueblo de Nuestra Señora de Chiquinquirá de La Estrella, para albergar los últimos descendientes de los indígenas del antiguo Pueblo de San Lorenzo de Aburrá, ubicado en lo que hoy es el sector del Poblado y cuya extensión iba desde el cerro Nutibara hasta los potreros de Bitecua, entre los límites de Caldas y Fredonia, y que cobijaba también el Sitio de La Miel, uno de los nombres más antiguos de una parte de las tierras que hoy hacen parte de Caldas, ubicado en lo que hoy es la Vereda La Miel.

 

Tanto uno como otro “pueblo de indios” fue repartido entre los descendientes de los indígenas, cuando el recién establecido gobierno nacional comenzó a dictar legislaciones especiales para su protección. En el caso específico de lo que más tarde sería el Distrito de Caldas, la Cámara Provincial de Antioquia dictó la ley de enajenación de tierras de los indígenas, que les entregó tierras a muchos de los descendientes de esos primeros pobladores, pero que los obligaba también a venderlos a terceros. Prueba de ello son los expedientes de compraventa que se encuentran en el Fondo Notaría de Caldas, del Archivo Histórico de Antioquia, en los que se mencionan tanto los términos en los que se fundamentaba la ley, como los nombres de los vendedores y los compradores; los primeros “avecindados” en el Distrito de Caldas y los segundos, en Envigado, La Estrella, Itagüí y algunos Distritos cercanos de lo que hoy conocemos como Suroeste Antioqueño. Esas tierras estaban ubicadas en El Cano, El Raizal y La Miel, entre otros, ubicados en lo que configura el área rural actual del municipio.

 

Hablemos un poco más del caserío de La Valeria, anotando que su avance pudo estar ligado al hecho que sirviera como lugar de paso para los arrieros y sus recuas de mulas que iban cargadas de corotos y alimentos, con dirección a los jóvenes pueblos del Suroeste y la zona del Occidente colombiano. Ocho años después aparecería en la escena de la historia local don Roque Mejía, quien se sirvió bastante de las disposiciones dictadas tanto por el gobierno nacional, como por la Cámara Provincial de Antioquia, para acceder a una jugosa cantidad de tierras al sur del Valle de Aburrá, de las que hacían parte un generosa parte de las que hoy configuran el municipio de Caldas. Don Roque hizo trasladar el caserío, habitado en su mayoría por campesinos, y donó los terrenos para la plaza principal, encargando a Pedro y Nicanor Restrepo, vecinos de Envigado, del trazado de las primeras calles y del loteo de las áreas circundantes, las que don Roque puso en venta y fueron compradas por familias adineradas. El Distrito de Caldas fue erigido jurídicamente y no fundado, como lo han repetido infinidad de publicaciones sobre el asunto de la historia local, por Ordenanza No. 1a de 20 de septiembre de 1848, dictada por la Cámara Provincial de Antioquia. Hacia 1854 se adecuó un lugar para los oficios religiosos, una pequeña capilla ubicada en donde está localizada la casa de Monseñor José Soleibe Arbeláez.

 

Uno de los lugares de memoria más importantes de Caldas comenzó a construirse en 1872. Ese año, un grupo de representantes del Cabildo Municipal dirigieron un oficio al Arzobispo de Medellín, Monseñor Riaño, en el que exponían que era necesario un lugar más grande para los oficios religiosos y que se elevara a Caldas al rango de Distrito Parroquial, para dar solución al crecimiento que se estaba presentado; la respuesta no se hizo esperar y como resultado de la aprobación del Arzobispo, se comenzó a construir la que más tarde sería la Catedral Nuestra Señora de las Mercedes.

 

El Distrito fue creciendo poco a poco, basando su sustento económico en la agricultura a pequeña escala y el intercambio comercial con Medellín, lugar este último que tendría que ver con el cambio que en este orden se dio, apenas iniciada la década de 1880, con la creación de la Compañía Cerámica Antioqueña. En dicha empresa participó también el conocimiento técnico de tres extranjeros, los alemanes Reinhold Paschke, Reinhold Wolff y Frederick Klinkert. Dicha compañía cambiaría su razón social hacia 1931 para convertirse en la Locería Colombiana S.A. Otras empresas que dieron reconocimiento al municipio fueron la Vidrería de Caldas, fundada en 1898; el Taller Industrial de Caldas, de 1918 y las fundiciones de Germán Wolff y Antonio J. Quintero. El desarrollo de estas industrias se apoyó en gran medida en el uso de las aguas de la quebrada La Valeria, ubicada al norte, la misma que, junto al río Aburrá al oriente, marcaba el perímetro urbano de Caldas, hasta muy entrada la década de 1940, época el lo que lo urbano se reducía a unas pocas calles y carreras; la iglesia y el cementerio; una plaza principal y una Plazuela de la Estación, construida esta última en 1918, como parte del desarrollo que trajo consigo la llegada del Ferrocarril de Amagá, no sólo porque facilitó el acceso a las materias primas y la salida de las mercancías que se producían en el municipio, sino también porque marcó una nueva movilidad poblacional, procedente tanto del Suroeste antioqueño y el occidente colombiano, como de todos aquellos lugares por los que cruzó el trayecto del Ferrocarril de Antioquia, en su recorrido de Puerto Berrío hasta la Estación Medellín.

 

La llegada del ferrocarril desarrolló también la Calle Colombia, hoy calle del comercio, puesto que fue el eje central que comunicó la plaza principal con la Plazuela y allí se ubicaron los principales comercios locales desde la construcción de la Estación Caldas. Cafés, clubes, tiendas de abarrotes y, cuando hubo necesidad de nuevas diversiones diferentes a las acostumbradas retretas de la Banda de Música –creada por particulares en 1903-, teatros -el Caldas y el Lumen- que pusieron en contacto a los caldeños con esas otras maneras de ver el mundo que son el cine y el teatro. Pero la vida cultural no se reducía sólo a eso: desde 1915 un joven interesado en el periodismo creo un periódico, al que bautizó El Esfuerzo, nombre que resumía la labor a la que había decidido dedicar su trabajo,. Allí, hombres y mujeres caldeños expusieron sus ideas, sus intereses y sentaron sus polémicas con la vida política y local de entonces. Otras “ampollas” se levantaron, en el Café Minerva, lugar en el que encontraron espacio poetas, escritores e intelectuales locales y de otras latitudes; así mismo lo hizo el Grupo Escénico de Caldas, conformado a mediados de 1920, y que pudo haber sido la respuesta a la creación del Grupo Escénico de Medellín, el mismo que conoció y llevó a escena las obras teatrales del caldeño Carlos Edmundo Mejía Ángel, conocido en el mundo de las letras como Ciro Mendía, autor que pintaba tanto en su dramaturgia, como en su poesía aspectos de la vida local, que no se separaban de la vida campesina antioqueña.

 

Pero sólo gracias a los movimientos intelectuales del mayo francés de 1968 —en los que los estudiantes universitarios pedían, entre otras cosas, un cambio en las formas de hacer y ver la cultura y la política—, y a los movimientos ideológicos de América Latina, cuyo mejor representante es la Revolución cubana, cuyas ideas alzaron vuelo hasta el resto de los “convulsionados” países latinoamericanos, Caldas vería la necesidad de generar nuevos espacios para la actividad cultural local. A razón de ello, un grupo de jóvenes lanzó la propuesta de crear una casa de la cultura, idea que encontró eco en el Concejo Municipal y fue aprobada en 1975. No obstante, sólo dos años después le fue asignada una sede a la nueva institución, ubicada en el edificio que fuera el Colegio La Merced, dirigido en principio por las religiosas de La Presentación, y llamado luego Santa Mariana de Jesús La Merced, cuando el colegio pasó a ser dirigido por las religiosas Marianas. Al abrigo de la Casa de la Cultura de Caldas vieron la luz varios grupos artísticos que son recordados todavía —el Grupo Musical India Valeria y la Chirimía Cielo Roto; el Grupo de Teatro TIC-TAC, el Grupo de proyección teatral y el Grupo de danzas Casa de la Cultura, y Traspiedanza, para mencionar sólo algunos—, y continúa con su apoyo a nuevas agrupaciones, entre las que destacan la Banda Manuel J. Posada, con sus grupos de proyección, y la Estudiantina Casa de la Cultura, junto a su Ensamble Mayu.

 

De la creación de la Casa de la Cultura hoy hace treinta y seis años y ciento sesenta y cinco de que el caserío de La Valeria fuera elevado a la categoría de Distrito municipal. La historia sigue y se escribe con cada vuelta del reloj; aquí sólo se han trazado unas pocas líneas al correr de la pluma.

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